
A menudo se dice que las personas inteligentes son pesimistas y cobardes porque suelen ser conscientes de los peligros y tribulaciones que amenazan nuestras vidas. Creo que no deja de ser otro tópico, y como la mayoría de ellos, discutible.
Ahora que empieza un nuevo año, cargado de buenos propósitos, pero en el que, a juzgar por la prognosis que nos endilgan los expertos analistas de esa ciencia o alquimia que se llama economía, es mucho más perentoria la necesidad del optimismo. No me refiero a esa felicidad idiota y acomodaticia del conformarse, del resignarse con los acontecimientos que nos depara este mundo. Mi aspiración es radicalmente distinta. De acuerdo que parte de una aceptación de nosotros (carácter, situación, circunstancias, entorno), de tratar de ver, por poco que nos gustemos, lo bueno que somos y tenemos, o la parte favorable de cuanto nos acontece. Y, lo más importante (donde radica la diferencia al talante memo), mudar todo lo que nos desagrada y entristece, en cosas que nos hagan estar un poco más satisfechos, para transmitir ese sentimiento, ese ánimo, a nuestros compañeros de camino.
No deja de ser una receta sencilla y manida que suena muy “naif”, pero no por ello menos cierta. Lo difícil es reunir el coraje, y abrazar con fuerza – “un abrazo chillao” – la actitud positiva.
Feliz 2010.