
A menudo se dice que las personas inteligentes son pesimistas y cobardes porque suelen ser conscientes de los peligros y tribulaciones que amenazan nuestras vidas. Creo que no deja de ser otro tópico, y como la mayoría de ellos, discutible.

A menudo se dice que las personas inteligentes son pesimistas y cobardes porque suelen ser conscientes de los peligros y tribulaciones que amenazan nuestras vidas. Creo que no deja de ser otro tópico, y como la mayoría de ellos, discutible.

Las denuncias falsas de maltrato, tanto físico como psicológico, son empleadas por mujeres sin escrúpulos como mecanismo para obtener ventajas de la ruptura del matrimonio, como venganza, y lo que es peor, como instrumento para lograr el distanciamiento de los hijos de los padres.
Para terminar una frase de José Díaz Herrera en su libro El varón castrado: “En el primer año de Ley de Violencia de Género se han detenido a 160.000 hombres sin pruebas y ante sus vecinos. Sin embargo, en nueve de cada diez casos se demuestra judicialmente que es inocente, pero le queda el estigma de maltratador”

(A Miguel, quien un día decidió saltar y marcharse de su vida)
Crecen y se van haciendo impermeables, a fuerza de sentirse incomprendidos, incómodos e incluso angustiados por la sensación de que no hablan el mismo idioma que los demás, no sienten de la misma forma, ni tienen intereses o inquietudes parecidas. Sentimientos que se les van clavando hasta llegar al momento crítico en sus vidas, a la encrucijada donde hay únicamente dos caminos. Uno primero, difícil, pero de salutífera aceptación, donde lo que antes era visto como rareza es ahora una muestra de su peculiar genio (benditos friquis). El segundo, tortuoso y desesperante, en el que no existe estación término, tan solo la negación de la inexorable y patente realidad. Es el camino de los perdedores, de aquellos que cansados de la agonía, esperan postrados que la carretera desaparezca en mitad de la nada, o simplemente, intuyendo la ausencia de destino, deciden saltar del vehículo en marcha.



Desde la propuesta de una Alianza de Civilizaciones de nuestro presidente Zapatero –remedo del Diálogo de Civilizaciones que planteó también ante Naciones Unidas el político iraní Muhammad Jatami- en la 59ª Asamblea General de la ONU en 2004, como instrumento de acercamiento entre Occidente y los países musulmanes a través del moderación de las desigualdades económicas y el diálogo cultural, y como alternativa pacifista a la solución militar frente al terrorismo islámico, han apoyado esta iniciativa más de 80 países. La confianza en el invento, presumiblemente amplia en vista de su número de avales, no lo debe ser tanto a juzgar por la discreta cifra que representa a los países que han aportado financiación, poco más de una decena.